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Luis Leopoldo Franco
Catamarca, Argentina (15 de noviembre de 1898 – 1 de junio de 1988)
Publicado e Escritos en la Cueva.
Pequeño diccionario de la desobediencia
Trabajo y lucha de clases
Al erguirse sobre sus dos pies, el hombre no sólo elevó su cerebro sino que libertó sus manos: y fue la alianza del mejor órgano de conocimiento y del mejor órgano de ejecución lo que posibilitó la elaboración de herramientas con las que el hombre, al magnificar su trabajo, pudo transformar su medio ambiente, y de rebote transformarse a sí mismo.
El hombre es, pues, hijo de sus manos. Su laboriosa actividad fue su primer modo de conocer el mundo y expresarse a sí mismo: su psicología ostensible.
La apropiación privada de los bienes comunes de la tribu por una minoría de la misma dividió a la sociedad en dos clases inconciliables: la trabajadora y la parásita. ¿Comerás tu pan con el sudor de tu rostro? No; comerás el pan con el sudor del que trabaja, quien sólo comerá las migajas que tú dejes caer.
El trabajo no se desprestigió de golpe. En la Odisea el rey Ulises fabrica un catre con sus manos, y Hesíodo y Virgilio han celebrado la nobleza y belleza del trabajo humano. Pero todo cambia al instituirse la esclavitud. El trabajo es entonces la piedra de toque de la hombría: quien lo ejerce, es un ex hombre; quien se sustrae a él, un hombre, por definición.
[…]
Probablemente la secesión del mundo humano en dos hemisferios, el material y el espiritual, sea el resultado obligado de la secesión de la sociedad en amos y siervos. En las sociedades humanas más remotas -egipcia, sumeria- sólo el monarca y sus allegados tenían alma, o por lo menos, alma inmortal. En todas las sociedades que precedieron a la nuestra, y en la nuestra misma, la función específica de las clases sometidas -el trabajo- sigue siendo la cosa grosera y material por antonomasia.
Los moralistas de la burguesía, aunque echen mano de los métodos e ingredientes más alambicados, no podrán elaborar sino una moral de clase, cuyo adorable secreto está en que los privilegiados no la usan (los apóstoles de no matarás y no robarás matan y roban por magnitudes astronómicas) pues está hecha para idealizar la sumisión de los siervos. En una sociedad de clases la moral es mejor polizonte que la gendarmería.
Naturalmente la clase parásita es quietista ferviente, es decir, enemiga de cualquier cambio; como el sigiloso vampiro anhela que la víctima se mantenga inmóvil mientras él realiza su tarea de trasiego.
El oprimido que se resigna es el mejor colaborador del opresor. Todo lo que contribuye a dar a las masas conciencia de su servidumbre y señalarles el camino hacia la lucha liberadora es el acto más sagrado de la caridad humana, aunque la moral de tejas arriba crea lo contrario.
La violencia justa es lo único que puede oponerse a la violencia injusta. La revolución de las mayorías trabajadoras significará la expropiación de las minorías propietarias para poner a todos en posesión de la única propiedad digna del hombre: la libertad.
El signo definidor de nuestra época es la exacerbación épica de la lucha de clases: la guerra final entre la clase que representa el pasado (propiedad privada, estado, religión, policía, moral celestial, explotación del hombre) y la que representa el porvenir: la de los trabajadores que luchan, no por mejorar de clase, sino por eliminar las clases e inaugurar una sociedad sin jáquimas ni espuelas.
Porque la armadura amenaza aplastar al guerrero. La propiedad ha ido expropiando el espíritu del hombre. Después de haber vivido y crecido al amparo de la cápsula, la oruga necesita abandonarla si quiere ser mariposa o libélula y desplegar sus alas.
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Fragmento del libro Pequeño diccionario de la desobediencia, Editorial Americalee, Buenos Aires, 1959.
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